El pajareo es político: decolonizar la mirada a través de las aves
- Pamela Garcia
- 24 may
- 2 min de lectura
Hoy, más que nunca, creo que pajarear es un acto político. Sabemos que viajar lo es de muchas formas, ¿pero qué pasa cuando viajas con un propósito claro?
Desde hace tres años comencé mi aventura en la observación internacional de aves, priorizando destinos sudamericanos. Creo que, como mexicanos, a veces damos por sentada nuestra cultura y olvidamos cómo nuestra ubicación geográfica influye por completo en quiénes somos, qué hacemos y cómo vemos el mundo. De eso se trata la geopolítica.
Al vivir tan cerca de Estados Unidos y su cultura (sumado al eterno lavado de cerebro de las aspiraciones del "sueño americano" e ideales colonialistas inconscientes), se nos olvida que hay muchísimo más allá.
Esto es grave: lo que no se conoce, no se cuida. Es un síntoma común en el Sur Global tener al Norte como el estándar de lo que es "bueno" o "mejor".
Las aves me han llevado a muchos lugares. Afortunadamente, lo han hecho de la mano de personas con un pensamiento crítico orientado hacia la conservación y al autocuestionamiento de nuestras prácticas al observar aves. Y no me refiero solo a lo que debería ser obvio, como la ética en campo, sino a nuestras propias dinámicas de viaje y consumo.
Por eso, cada vez que salgas de tu localidad, es vital conectar con las personas locales. Al hablar con pajareros de la región, obtienes una radiografía real de su situación social, entiendes el impacto real de tu visita y descubres cómo puedes sumar en positivo.
Siendo honesta, la mayoría de las conversaciones donde se generan estas discusiones siempre ocurren con colegas de México hacia el sur. Compartimos la presión y la tensión que el Norte Global ejerce a nivel social y político, y eso también se nota en la observación de aves.
Vale la pena hacernos las preguntas incómodas: ¿Quiénes están en el top de eBird? ¿Quiénes son los que más pajarean, por qué tienen los recursos para hacerlo y cómo es su enfoque? ¿Los tours que llegan a nuestras ciudades son liderados por guías locales? Y si no es así, ¿quién se está beneficiando realmente de nuestra biodiversidad?
Como observadores de aves y viajeros, nuestra misión debería ser interesarnos por lo que viven los territorios que visitamos, y también compartir nuestros propios contextos. América es enorme; es fácil perderse en la inmensidad de nuestras culturas e historias.
Pero cuando nos sentamos a compartir una chicha, un mate, una aguapanela, un pulque o una tapioca; cuando compartimos nuestros nombres comunes favoritos de las aves y nos cuestionamos por qué, aun teniendo esta riqueza, seguimos usando nombres en inglés... ahí nos estamos acercando. Nos estamos reconociendo en el otro.
Tal vez, solo tal vez, esa es la manera en que la observación de aves se convierte en una de las herramientas más poderosas que tenemos: para acompañarnos, para sentir que no estamos solos ante el mundo y para recordar que sí existe una esperanza colectiva.
Hoy regreso a la Ciudad de México apreciando mis aves locales, atesorando lo aprendido en Brasil las historias, la comida, los nombres en portugués, los ecosistemas llenos de vida, pero, sobre todo, me voy con nuevas amistades y la certeza de que el Sur late con fuerza.



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